Bajando al sur

jueves, 22 de julio de 2010

Buscando exactamente eso: la sensación de cerrar los ojos mirando al sol. La luz entra por mucho que aprietes los párpados, y sabes que si cedes y los abres, te abrasará. 
Es la situación límite, la que te pone entre la espada y la pared. Son ganas de desgarrarme amando, de jugar con fuego, de gritarle al mar enfurecido. 

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Son ganas de desfogarme definitivamente sin andarse con chiquitas. 


Y después, descansar. Desaparecer.

En el día de la ausencia

sábado, 17 de julio de 2010

Última noche de esta primera parte de mis vacaciones. Ya estoy dividiéndolo todo en partes, como si fuera una asignatura, un menú, un comentario de texto...

Pero lo es. Es la última noche. Mañana a estas horas estaré en otra ciudad, más cerca del mar y más cerca de ti, aunque las unidades de medida sean liosas y cambiantes. 
¿Te acuerdas del helado que te comiste conmigo el otro día? Tú pediste un corte, siempre lo haces, y yo pedí chocolate con limón en tarrina pequeña. De lo más normal. O eso creíamos hasta que la heladera empezó a ponerle emoción al momento. 4 bolas, una sombrillita, la galleta y la cucharita, "¿quieres sirope?" "sí, por favor, de chocolate". Y la sonrisa se me iluminó porque de pronto tenía el que era el helado más increíble del mundo entre las manos. A ti te daba la risa, supongo que por esa ilusión infantil o como quieras llamarlo que me dio de pronto con mi helado guay e inesperado. 

¿Y sabes por qué me acuerdo de esto? Porque hay gente que es capaz de convertir los momentos más cotidianos en mágicos; es como si tuvieran una varita mágica, y pueden hacer de lo poco un mundo. De lo rutinario, un descubrimiento.
En este caso, la maga fue la heladera, claro, no te anotes el tanto. Pero es que ya era hora de que dejaras un poquito a los demás, ¿no?
Todo un placer.

El viento trae nubes y se las lleva. Todo el tiempo.

martes, 13 de julio de 2010

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Da la casualidad de que tengo la intuición siempre de punta. Con lo feliz que sería yo si todo me pasara desapercibido, si nada pudiera afectarme. Las señas difusas juguetean con mis sentidos, y de pronto algo como una corazonada me habla de lo que ocurre a mi alrededor. Cosas que no tienen sentido, que parecen pavadas, como dice Cortázar, y que desecho al punto. Cosas que vuelven, algún tiempo después, para darme la razón y hacerme retorcer por el descuido. 
¡Pero es que no quiero intuir nada! 
Quiero ser como ese árbol que se deja mecer por el viento, sin preocuparse de qué ocurrirá mañana. ¿Se supone que esto tiene algún tipo de cometido en mi vida?

Recuerdo un libro que tenía de pequeña. Tenía unos dibujos preciosos, muy vistosos. Trataba de una chica que se llamaba Pandora; tenía una caja que guardaba grandes secretos y que, un día, se abría. Todas las furias se desataban, pero los dibujos eran tan bonitos que nada parecía tan terrible.
El dibujo del viento soplando con rabia tenía todos los colores del mundo y ocupaba dos páginas enteras. Creo que describiría muy bien mi sensación, mira tú. Y te diré que me alegro de sentir en colorines pero, en la vida real, por muchos colores que tengan, las ventiscas son igualmente crueles.

Lástima que no recuerde cómo terminaba la historia.

Vacaciones

viernes, 9 de julio de 2010

No hay ajetreos. No tengo mares furiosos a mi alrededor para llenarme de sal las conexiones cerebrales. Julio, aún infante, acaricia mis manos con bondad. Me inspira tranquilidad, aunque te separe de mí. Me esperan dos semanas de echarte de menos. Te espero midiendo mis cabellos, a ver cuánto han crecido cuando vuelvas.
Tenderé lazos de soledades productivas. Coleccionaré frascos de colonia con conclusiones, tras concentrar todas estas intenciones en fragancia. Te acompaño un rato, o quince días, o toda la vida. 

Aún hay mucho que secar este verano. A ver si este sol se pronuncia con firmeza, que aunque no salga sobre tu piel, algo tendrás que ver en el asunto. En las distancias cortas pueden saltar todas las alarmas, pero no hay nada como mirar al horizonte para que el incendio se propague para siempre.

Por cierto, voy calentando el horno para preparar tu tarta de cumpleaños.
No te retrases, ¿eh?

Cajas de cartón

jueves, 1 de julio de 2010

Para mí, hoy, significan ruptura. Parecen objetos inertes e inofensivos, pero en realidad te pueden sacar el recuerdo por la boca, o por los ojos, sin que nadie les haya dado permiso. El sonido de la cinta aislante al despegarse paulatinamente de su bobina es precursor de lo que vendrá, y mientras impregnas de firmeza la base sobre la que se reunirán tus pertenencias, mascullas improperios pequeñitos, porque sabes que, al final, tendrás que hacer todo esto igual. Te guste o no. Te duela o no. 

El siguiente paso es abrir todos los cajones, todos los armarios, y adentrarte en tus cosas, vaciarte de todo, hacerte salir de todas partes. Y los rincones oscuros pierden el misterio, porque tarde o temprano se acaban quedando desnudos, y la luz entra sin control. Todo tu ser a la vista, porque en lo que tienes descubres lo que eres. En realidad, te gusta descubrir eso. Tus cosas no son las de "otra" persona. Eres tú, y cualquiera que entre ahora, sabría que esas son tus cosas.

Pero como sigas pensando y no actúes, esto no se acaba nunca. Sacúdete la pereza y empieza por el principio, por ejemplo. No te preguntes cuál es, aquí mandas tú. Empezar significa escuchar todo lo que tus cosas tienen que recordarte. Hay de todo, claro, pero esta tarea marca la ruptura. 

La brecha entre el antes y el después. Tal vez la brecha entre la última vez que habías hecho esto, y hoy. El balance es inevitable, descubrirte en todas estas cosas te trae retazos de ti misma que quizá no recordaras. O no quisieras recordar. 
No me importaría mantenerme así, como cuando abrí todas las puertas de mi casa y me vi al completo. Tal vez la ropa de verano -fresca, sin complicaciones- sea el quiz de la cuestión, porque cuando me dices que me ves especialmente bien así, como ahora, me vuelvo a sentir de esa manera, y nunca me había pasado. Tú sigue diciéndomelo, a ver si descubrimos cómo va la cosa...