... como tantas otras cosas últimamente. Si no se me olvida levantarme por las mañanas, se me olvida coger el bus que me transporte a algún tipo de vida presente, real e inmediata. No sé qué tengo en la cabeza, o qué es lo que me falta. Demasiadas cosas, supongo, en ambos sentidos. Querría repetir más a menudo ese ejercicio sano y necesario que es compartir con alguien un viernes por la tarde, cuando la minivida que forma una semana termina, y se adentra una en el limbo vital del fin de semana, que siempre ofrece una oportunidad para resarcirse y volver a empezar.
Y es que, cuando te sientas con una caña frente a frente, cayendo rayos y truenos ahí fuera, con esa sensación de: "ahora, a descansar", todo puede ocurrir. La filosofía cara (en contraposición con la filosofía barata, claro), esto es, la que sale del fondo del ser, la que pone sobre la mesa la intuición más trascendente de la propia persona, puede salvarnos, juntarnos, entendernos. Compartir las propias inquietudes, buscar sin tapujos el sentido de la vida, contrastar con el otro los caminos que se siguen todos los días... es una búsqueda tan necesaria como exótica. Exótica porque escasea, porque los planetas tienen que alinearse para que ocurra una vez, al menos una vez, en tu vida. Y no hablemos de lo ideal, de la utopía, de la felicidad como ente. Hablemos de barro y heridas, toquemos la sangre y limpiémosla juntos, mostrémonos incapaces, inseguros. Y de ahí surgirá la estrella.
Simplemente, genial.

