Mi estantería aún está desordenada. Hasta que no la ordene, probablemente no tendré la sensación de hogar, dulce hogar. Mientras esté así, no la reconoceré como mía, yo que soy tan escrupulosa con el orden de mis libros: por tamaños, por géneros literarios, por colecciones... No tiene nada de riguroso, pero, en cierto modo, mis estructuras mentales se van organizando a medida que cada libro está en su sitio. Así, aunque tuviera una gran biblioteca, creo que podría encontrar cualquier libro en cuanto fuera necesario. Me encantaría encontrar las cosas en mi cabeza así de fácil. Por desgracia, no hay una relación estrictamente proporcional entre una cosa y otra. La diferencia fundamental es que los libros, pacientes, esperan sentados con toda su fuerza entre las tapas. Mis pensamientos, sin embargo, saltan ansiosos sin que nadie les haya dado permiso y aunque sean debiluchos, en seguida inflan el pecho y se hacen grandes en su nimiedad.
El mar está encrespado, el cielo me saca la lengua desde el 7º con su gris agobiante. Le doy los buenos días a algo que aún no soy capaz de identificar. Al menos, no he dormido sola.
Voy a organizar esta estantería ahora mismo.


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