Con el alma en fiesta

sábado, 11 de septiembre de 2010

Mientras una vida se escapa, el mundo se mueve a una velocidad estúpida. Todo corre, es como si hubiera un plan para que el tiempo pasara más rápido, y todo se consumiera más rápido, y las cosas no pudieran disfrutarse con pausa.
Los del teléfono te engañan y juegan al escondite contigo mientras, una vez más, tú y yo jugamos más rápido, pensamos siempre por delante y seguimos enfrentando los baches. No hay tregua, nuestro pulso es el de tu corazón joven y fuerte: firme, coherente y suena a guitarra acústica.
Los reencuentros son inevitables, menos mal que los hemos servido en tus esbeltas copas nuevas. Así, sí.

No me importa quién haya disparado el chupinazo, lo único que sé es que quiero seguir ilusionándome por el mero hecho de hacerlo. Sin decepciones, que las hay; sin fracasos, que los hay. Me sostengo sobre las actitudes rastreras que observo y me coloco descaradamente por encima de ellas.
He aprendido que el ser humano es un animal más, 
pero capaz de habitar la jungla más cruel de todas. 

Quiero cuidar de los que me importan, pero nunca he sabido cómo hacerlo.
De momento, hoy bailaré bonito sobre todo el polvo del camino, lo desterraré y volveré a decirme a mí misma: "Amores como los tuyos..."